El mundo del juego simbólico

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El mundo del juego simbólico aparece hacia los 18 meses cuando los bebés empiezan a usar objetos como si fueran de verdad: hablan con un teléfono de juguete (en lugar de acercarse un palo o cualquier otro objeto a la oreja) o juegan con una muñeca como si fuera un bebé. También empiezan a imitar la conducta de los adultos que los rodean: teclean un ordenador imaginario, cocinan en una cocina de juguete o se ponen las gafas de sol de papá. La imaginación despierta y, con ella, el mundo que los rodea: los peluches adquieren personalidades y las cajas de zapatos se convierten en hornos y coches de carreras.

Esto sucede porque su recién desarrollada memoria le permite imitar conductas adultas y ésta imitación le permite aprender a interactuar y a realizar conductas sociales. También puede revelar preocupaciones y ansiedades; por ejemplo, un niño nervioso por la nueva canguro quizás manifieste su ansiedad haciendo que su peluche pase por lo mismo. El juego simbólico también les ayuda a desarrollar las capacidades que necesitan. Hay estudios que demuestran que los niños con una fantasía muy activa no solo se concentran  más y tienen más autocontrol, sino que también encuentran soluciones más creativas a sus problemas.

Para divertirse a ésta edad los objetos cotidianos como ropa vieja, rollos de papel o cajas vacías son herramientas extraordinarias para el juego simbólico. Lo mismo puede decirse de los juguetes: muñecas, carritos, botellas de plástico, cocinitas y accesorios como instrumental médico y cajas de herramientas. Cuando tu hijo te invite a entrar en su mundo de fantasía resístete a la tentación de dirigir la acción. Quien manda es él y permitiéndoselo refuerzas su creatividad y su imaginación.

También contribuirás a desarrollar su juego simbólico si lo expones a una gran cantidad de experiencias en el mundo real. Si le enseñamos animales de verdad, por ejemplo, el animal de peluche que tiene en casa se convertirá en un vehículo de un nivel superior de juego simbólico.

Sea cual sea el rumbo que adopte la imaginación de tu hijo, la actitud que demuestres afectará su curso. Hay que dejarle tiempo para jugar sin preocuparse por el desorden o por la ausencia de un objetivo concreto. Y si en un momento dado no le apetece jugar de ese modo, no le obligues, hay que dejarles llevar la batuta.

 

Bibliografia: El secreto del juego, Ann Pleshette Murphy

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